Música

martes, 10 de marzo de 2015

Pasado y presente

En contraste con la oscuridad, dos almas, dos figuras, encarándose, mirándose.
Una destrozada, sangrante, desolada, sola... El pasado.
Otra altiva, desconfiada. Las cicatrices son su vestimenta, la indiferencia es su máscara... El presente.

-¿Me recuerdas?- pregunta el pasado.
-Te recuerdo.- responde el presente.
-¿Les recuerdas?- traga saliva.
-Les...- aprieta los puños con firmeza, ira, cólera, rencor.- Les recuerdo...
-Ellos a ti también...
El presente arquea una ceja con desconfianza, sabe lo que viene ahora.
-Pero no lo que pasó...- añade el pasado.
Aprieta la mandíbula, el pasado no le atormenta, pero sí le enseña. Le enseña por qué la desconfianza es lo primero y la confianza lo que ha de ganarse. Por qué jamás has de coger la mano de alguien que no te demuestra que puede sujetarte... o que quiere hacerlo.
-Claro que no lo recuerdan.- contesta el presente.- Porque no es de su incumbencia. Porque su egoísmo les cegaba. Su hipocresía.
-Puede que no lo supieran... Puede que fuera ignorancia.
-¡¿Ignorancia?!- la voz se alza, grita, eco en la oscuridad más silenciosa.- ¡Seguro que al menos una vez en sus vidas aburridas se plantearon si lo que veían o hacían estaba bien! ¡Seguro que alguna vez se plantearon que eso llegaba más allá de una broma! Veían el dolor en mis ojos, pero no querían mirarlo.
-¿Recuerdas lo que veías cuando te mirabas al espejo?
El pasado le lanza una mirada que es la respuesta. Unos ojos vacíos, oscuros, sin amor ni orgullo propio. Los ojos de un fantasma.
Los ojos de alguien que quiere desaparecer. Que no quiere resaltar. Que tiene miedo a que le vean y a lo que viene después. Que teme las consecuencias de ser visto y notado por aquellos individuos que ahora están llenos de hipocresía y cordialidad como si olvidaran lo que hicieron otrora.
-Recuerdo todo eso. Recuerdo bien como minaron en mí. Como destrozaron mi alma. Como desmontaron mi corazón. Como desintegraron mi autoestima.- el odio a flor de piel, los ojos inundados en lágrimas, el rencor inundando su ser por recuerdos.- Como me cambiaron para siempre.
El pasado agacha la cabeza, apenado, con un peso encima que nadie debería soportar jamás.
-¿Recuerdas cómo quisiste dar lo mejor y recibiste lo peor?
-Sí. Y también recuerdo cómo evolucioné. Cómo acabé deseando una venganza irracional que inundaba mi coherencia y la nublaba hasta unos límites que jamás sospechaba que existían dentro de mí.
-Siempre me pregunté quién era aquella conciencia que decidía quiénes eran las víctimas...
Largo silencio, sepulcral, delator, que muestra el pensamiento hundido de alguien dolorido...
-¿Te arrepientes de lo que pasó? ¿Deseas que no hubiera pasado?- el pasado pregunta, titubeante.
El presente se ríe, sonríe, aprieta puños, mandíbula, alza una ceja, con indiferencia, con un cierto brillo macabro.
-No...
-¿Por qué...?
-Porque temo más convertirme en uno de ellos.

Porque temería aún más no haber descubierto lo que venía después.

lunes, 19 de enero de 2015

Pregunta, respuesta, intervención, acción, sentido...

   Sombra recortada ante la plateada luz de la luna. Una pequeña muchacha, pequeña, delgada, con cabellos color platino que más parecen una aureola de magia y misticismo. Una mirada de destellos rojizos que se emboba ante la gran y blanca dama que lidera el cielo nocturno. Lágrimas, surcos húmedos que recorren sus pálidas mejillas.
   -¿Por qué lloras, pequeña?- es la pregunta.
   Sonrisa sarcástica, mirada macabra. Sus ojos siguen clavados en la esfera blanca, pero sus recuerdos vagan por tristes pensamientos que la sumen en la inmersión de la más absoluta oscuridad.
   -¿Has oído hablar de la esperanza humana?- es su respuesta.- Yo la oí mencionar levemente en leyendas y mitos. Historias sin final triste, felicidad inexistente llena de generosidad infundada por el miedo al castigo.
  -No hay que ser tan dramatista.- es la intervención.
  -Dramatista o pesimista son adjetivos para disfrazar la verdad con máscaras que la oculten a ojos cobardes, a miradas llenas de más miedo que vergüenza. La humanidad pereció por el peso de su propia hipocresía, como sumida, ahogada en un mar de basura y escoria desperdigadas a causa de acciones que han ido pudriendo poco a poco cualquier indicio de esperanza, o al menos de lo que se podría definir como tal. No hay nada hermoso ya que pueda sobresalir de ese océano lleno de una oscuridad tan densa que podría palparse, contra la cual los rayos de luz jamás conseguirán ganar. Ésa es la humanidad. Es basura amontonada. Los que pueden arreglarlo se dan la vuelta, se tapan los oídos, se alejan, no quieren sentir, no pretenden ayudar. Los que no pueden, desean hacerlo, lo piden a gritos, maldicen la mala suerte que se les ha entregado. Maldita sea la condición humana y el destino mal forjado a partes iguales, motivos de la desolación más absoluta en la que todo se sume cada día una y otra vez.
   -Te equivocas al pensar que no hay nada hermoso.
   -¿Qué hay?
   -El amor.
   -Pero el amor es doloroso.
   Coger el rostro de la musa de la tristeza con ambas manos es la acción.
   -Pero es lo más dulce y misterioso de todo.- es el sentido. 

jueves, 11 de diciembre de 2014

Un destello carmesí

Paso a paso mi alma pisa con cuidado, tanteando terreno resbaladizo, débil, resquebrajado.
Huellas que dejo de color carmesí, sangre reseca adherida al frívolo suelo.
Temeroso de alzar la cabeza para vislumbrar ante mí la tajante verdad, la dolorosa realidad.
Y es que esa meta que tantos añoran, que tantos se imaginan, ante mis ojos es un vacío existencial, la nada en sí misma, un sentido que no existe ni jamás existirá.

Así que aquí me hallo, tanteando cada paso, fijándome en el camino, jugando con el peligro. Soy dueño de mis actos, soy amo de mi destino. Soy un jugador sin aburrimiento que querrá mover siempre, hasta que llegue esa meta que no existe. Y a cada pie que levanto, mi mirada se fija en la siguiente parada, asemejando a un punto de guardado, a un lugar donde cobijarse de una dura tormenta, a una chimenea ante la que calentarse.

Humanos. La vida no tiene sentido, no tiene el sentido que le queréis dar. Vuestras razones son mundanas, vuestras luchas, estúpidas. No progresaréis jamás como especie ni colectivo, no seréis utopía. No seréis nada, pues nunca lo habéis sido. Vuestra agrupación amenaza con asfixiar los pocos retoños que intentan escapar, extraños individuos conscientes de la verdad. El camino que tanto ignoráis, los detalles que no veis. Eso es lo que ha de empujaros a luchar.

Y ahora, mi pie se levanta una vez más. Embutido en cicatrices de viejas peleas, de antiguas rencillas que tuvieron distinto final. Un destello carmesí que ante mí se ilumina, confundiendo mi percepción. Busco la sangre, el motivo de tal color, pero no, esta vez no es la sangre lo que me enseña el bermellón.

Un puente a la esperanza abrazado por enredaderas que buscan a tientas lugares donde asirse, asemejando irónicamente a mi camino, mi vida, mi trayecto...

Un rincón que encontré por primera vez aquel día y que jamás imaginé que existiría. Un rinconcito tan mágico rodeado de tanta tristeza y desolación.

Un día, sobre un delgado puente abrazado por enredaderas cariñosas, encontré otro paso más en un destello carmesí.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Ojalá lo sientas

Arma en mano, empuñada. Debilidad como traje diario. Estoy ante los enemigos más férreos de mi existencia. Un torbellino descontrolado y caótico de sentimientos confusos que duelen. DUELEN.

Un cariño y afecto irracional que parece algo bondadoso e inocente... si no fuera porque desemboca en actos atroces y torturas dañinas que me conducen a las puertas de la locura. De su mano viene el miedo, un miedo que no deja de temblar y zarandearme, sacudirme de una forma violenta. El miedo trae consigo una furia tan descontrolada que se adueña de mis movimientos y mis actos. Es una sensación horrible, te dejas llevar, cierras los ojos, pareces estar en un sueño lejano, distante... y cuando despiertas, compruebas que lo que has hecho no va a dejarte sin castigos o consecuencias.
Tras ello viene el lamento. La tristeza. El llanto. Es algo tan intenso que las manos tiemblan con fuerza, tu cuerpo se enfría de golpe. Es un frío que por muchas prendas con las que te arropes, siempre perdurará hasta que todo pase...

Ojalá, ojalá pudiera acabar con esas sensaciones, una por una, estocada tras estocada. Decapitar su fuerza, arrebatarles las riendas.
Ante ti me siento como un pelele débil, impulsivo, estúpido. Eso es lo que creo que piensas, es lo que creo que te imaginas cuando me miras. Que soy algo inferior, que no soy merecedor. Que soy escoria y basura a partes iguales.

Esta sensación es un recuento de la memoria, de cuando el sentimiento es tan fuerte que duele. Puede que sea esto a lo que llaman amor, pero creo que ponerle nombre es sólo reafirmar su cruel existencia.
Sólo sentí esto una vez y me costó un lustro superarlo.
Llámame exagerado, si quieres. Pero si lo haces, te diré esto: ojalá, ojalá lo sientas alguna vez en tu vida. Sólo para que compruebes por qué no quiero sentirlo nunca, nunca más.

domingo, 5 de octubre de 2014

Viajes

Hoy me apetece embarcarme en un viaje.
No es un viaje cualquiera, no es una travesía corriente.
Ven, acompáñame, verás las cosas que yo veo.
Me apetece ver reinos recién fundados. Me apetece ver traiciones bien planeadas.
Me apetece ver guerras cuyo desenlace marcará la historia para siempre.
Me apetece ver amores prohibidos, amores precisos, amores falsos, amores verdaderos.
Me apetece ver batallas gloriosas llenas de gritos no tan gloriosos.
Hazañas épicas que tienen un protagonista y un antagonista.
Hazañas mezquinas que nadie parece detener.
Me apetece...
Me apetece sumergirme en océanos tan profundos como tu mirada.
Me apetece volar por galaxias tan extensas como tu voz.
Me apetece tratar con gente tan peculiar como tú.

Quiero que la locura me inunde, que la realidad se escape, se fugue.
Deseo embarcarme en un navío lleno de imaginación, cuyas velas sean mis ganas de pensar, cuyo rumbo sea allá a donde mi mente divague.
Me apetece escribir, describir todo lo que ante mí se abre. Pero es difícil.
Tantas historias a la vez, tantos cuentos que narrar.
Veo cómo una muchacha descubre una historia oscura que sumergió el presente en ruinas, descubriendo un poder inigualable que le ha sido concedido.
Veo una ciudad en donde la corrupción llena cada esquina, una ciudad que ha de ser salvada por un grupo de locos, de estrafalarios anti héroes que lo único que quieren es llenar el mundo de caos, pero que ignoran que con ello lo salvarán.
Veo una persona que se embarcará en un largo viaje por sitios y lugares jamás vistos por nadie y que se descubrirá a sí mismo mientras sus recuerdos le sumergen una y otra vez en el llanto y la melancolía, al tiempo que escapa de peligros que poblarán sus pesadillas.
Veo un mundo controlado por unos poderosos hechiceros que manipulan el tiempo a su antojo, donde un único individuo lo cambiará todo a base de decisiones.
Veo un elegido que guarda un demonio negro en su interior, un escamoso reptil que sólo quiere sufrimiento y con el cual tendrá que lidiar toda su vida.
Veo un grupo de piratas que viven en un mundo destruido por una terrible maldición, que sólo ellos parecen conocer y a los que nadie hace caso.
Veo un hombre mudo y sufridor que sabe que ha provocado la destrucción, pero que no quiere encararse a ella, obligado a mirar a los ojos a todas las almas desdichadas que condenó.
Veo cómo las pesadillas y los sueños dan vueltas en mi mente, cosas difusas que van tomando forma, posibles historias que podría contar, que podríais leer o escuchar.
Es algo hermoso, pero es caótico.
Tantos viajes que podría hacer, tantos caminos que podría tomar. Ven, dame la mano, acompáñame, deja que te muestre todo lo que se abre en cada una de estas travesías que hay en mi interior y con las que despierto todas las mañanas.

sábado, 27 de septiembre de 2014

MONSTRUO

Busco al culpable de mi desdicha.
No ceso en el empeño de tener a alguien a quien pagarle mi desgracia.
¡¿Dónde estás?!, grito mientras recorro las zarzas, mientras mis pies se despellejan.
El momento ha llegado, la venganza se acerca. Huelo su ira, su desprecio.
Noto la vibración que su horrible hedor produce, cómo su fuerza, esa fuerza que me tiró al abismo, retumba en todos lados.
No podrás conmigo esta vez, me digo. Supe salir, suaves manos me sujetaron.
Mi alma está ligada a ellas, es algo innegable, pero, ¿será una debilidad?
No, imposible. No ahora. Soy fuerte, soy feliz. Y ese monstruo lo pagará.

Llegó mi momento, un paso tras otro, mi mandíbula apretada, mi férrea mirada, mi sudor fruto del duro esfuerzo.
La sangre de los pies es insignificante. Demasiado bien lo conozco, demasiado bien sé cómo se siente. Mi objetivo está claro y cada vez más cerca.

Monstruo, ven aquí. Monstruo, acércate.

Lo pagarás caro, tu esencia dentro de cada uno de los que me empujaron. Cada zancadilla que hizo que me arrastrara por el suelo, cada puñalada y latigazo. Estoy convencido, ahí está, en forma de todos aquellos despreciables envidiosos.

Monstruo, ven aquí.

Ya lo noto. Lo oigo respirar. Lo huelo. Se acabó ser la presa, ahora soy el cazador. Mis flechas serán todos aquellos momentos que me ayudaron. Mi mano será todas aquellas manos. Esa decisión será mi voluntad.

Monstruo...

Veo sus ojos, oscuros, como un pozo negro. Veo su expresión que, más que satisfactoria, parece colmada de odio.

Monstruo...

Me devuelve la mirada.
Ahora le veo bien.
Pero no me lo esperaba...

Misantropía surgida en mí, un autoengaño que ahora se resuelve.
Odio colmado de rencor, una mentira que ahora se disuelve.
La esencia no está en todos.
Los demás no son el monstruo.
Maldito imbécil, maldito ignorante.
No te das cuenta, jamás lo viste.
Las manos se cierran y se alejan, dolidas, sangrantes.
Todas ellas, hasta la última. Manos que te asieron, que te subieron.
Manos que se pincharon.
Manos que mordiste.
Manos que no agradeciste.
Te creías el héroe, el protagonista del drama. El pobre mártir víctima del odio.
¿Del odio de quién?
Del odio del monstruo.
Su mirada. Su expresión.
Tu gran error, te dice, fue sobreestimarte.
Tu ego te engañó, tu ego te mintió.

Una revelación
que hace que me dé cuenta.
Latigazos de dolor
que impiden que me dé la vuelta.

¿Por qué me abandonaban? Decía.
¿Por qué me odiaban? Me repetía.

Ese monstruo despreciable,
con un odio impensable.
Fruto de a saber qué
creado al mismo tiempo que yo.

Me esperaba un horrendo ser
encuentro un reflejo.
Me cuesta creer
que ante mí haya un espejo.

Monstruo horrendo, causa de mi soledad.
Bestia asquerosa, vive para dañar.

Sus ojos oscuros, sus cabellos tan familiares.
Su expresión dolida, fruto de una dura vida.
¿Y las manos?
Las manos lo descubrieron ya.
No es culpa de la humanidad.
No es culpa de la sociedad.

Ese monstruo es una sola esencia.
Un solo ser.
Es fruto de la demencia.
Es duro de creer.

El monstruo que quería destruir convive conmigo día a día, me conoce mejor que nadie, por ello toma las riendas.
¿Ya sabéis de lo que hablo?

El monstruo soy yo.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Maldito juego

Arriesgado, peligroso juego en el que tu corazón todo lo apuesta sin pedirte permiso siquiera.
Cadena macabra y cruel en cuyos eslabones todo te juegas sin que la razón parezca tener influencia.
En la mesa pones tu autoestima, tu razón y tu alegría. Tu energía es la moneda de cambio, tu sonrisa la cara de póker que ha de ayudarte. La falsa indiferencia o ignorancia es la máscara contra tus adversarios.
Tu objetivo está bastante claro, por mucho que lo pretendas olvidar. Deseas retirarte, tirar tus cartas con desgarro y furia, pero no es tu cerebro el que manda, ha perdido el control. Los nervios ahora son las arterias y la mente que te mueve es tu corazón: ese maldito enfermo que parece disfrutar el sufrimiento como si se tratara de la más suculenta delicia.
Eres víctima y verdugo, todo al mismo tiempo. Cruel destino el que puso en tu pecho las riendas, pues no piensa, no razona. Tu juego es impulsivo, apuestas demasiado rápido, a veces muestras tus cartas en un descuido.
Y entonces, irónicamente, el juego se pone interesante.
Surgen disputas. Surgen celos. Los gritos son enmudecidos por los llantos y las miradas. Todos apuestan fuerte, se juegan demasiado. Todos quieren ganar, mas todos van a perder. No hay victoria ni gloria, pues aunque tu apuesta sea apremiada, surge otro participante cuyo corazón te lo entregará todo y no recibirá nada.
Y eso duele.
En este juego la indiferencia e ignorancia son un doble velo.
En realidad eres consciente de lo que estás haciendo.
Pero tu corazón tiene las riendas y te controla como un carro desbocado con caballos fuera de sí, enloquecidos por la incertidumbre y los celos, por los remordimientos causados por el conocimiento de que tus actos traen consecuencias dañinas.
Y finalmente te das cuenta de que no eres ninguna víctima. Ya no te sientes incomprendido.
Ahora eres el juez que dicta la sentencia, que condena corazones ajenos con un mazazo que duele más que una puñalada al rojo vivo.
Eres el malo de la historia.
Maldito juego.